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La Ruta de la Desolación

La Ruta de la Desolación

LA MONTAÑA ES EL CAMINO.

La Ruta de la Desolación
Paso montañoso en la ruta de la desolación
La Ruta de la Desolación
Descanso antes de alcanzar el abra.

Sabíamos, en base a las crónicas del siglo XVI, que los antiguos habitantes de la región Lima poseían una extensa red de caminos complementarios al Qhapaq Ñan. Estos caminos eran capaces de comunicar a cualquier pequeño caserío y valle por muy lejano o poco accesible que se hallase. Por ello nuestra inquietud en conocer La Ruta de la Desolación.

El término accesibilidad, así como la lógica de la elaboración de caminos era totalmente diferente, por lo que tratar de encontrar vías de acceso según la norma occidental nunca nos llevaría a nada. Era importante entonces, tratar de pensar como los antiguos solían hacerlo: ver en las montañas la conexión natural y no el obstáculo que siempre ve una mente «llana».

Hecho este traslado de enfoque, nos propusimos hallar una vía adicional a la que ya existía entre los valles del río Rímac y el río Lurín. Esta vía, a la que acabamos de hacer referencia comunicaba las antiguas zonas de Chakllakallo (actual Chaclacayo) con Chuntay (actual Chontay).

Chakllakallo significa «al pie de los carrizos» y debe su nombre porque antiguamente toda la ribera del río Rímac en esta parte estaba repleta de ellos. Por su parte, Chuntay hace referencia a las palmeras de madera dura que eran característica en la zona media del río Lurín.

CON CAMINO LA COSA VA FÁCIL.

Con la terquedad encima, convencidos de que ese camino que comunica dos valles existía, partimos muy temprano un domingo 17 de julio del año 2016 desde nuestro clásico punto de reunión del Campo de Marte del distrito de Jesús María de la ciudad de Lima, Perú.

Dieciocho insensatos pedalearon por la autopista Ramiro Prialé y la Carretera Central para ubicarse a las faldas de las crestas del cerro Huascata, a más de 1600 metros sobre el nivel del mar.

Desde aquí iniciamos una constante escalada que no parecía tener fin. Pasamos una pequeña urbanización hasta que de pronto ya solo nos rodeaban las montañas. El camino que estábamos utilizando para el ascenso había sido aprovechado por una inmobiliaria local y lo había ensanchado con maquinaria pesada. Fue una sorpresa grande el dar cuenta de que ese camino se extendía hasta la misma cumbre. Pensamos que se iban a facilitar las cosas, pero kilómetros más adelante nos toparíamos con un problema mayúsculo.

NO MÁS CAMINO PARA USTEDES.

La trepada había sido dura y el astro rey dificultó buena parte del trecho. La pendiente se sintió como un gran desafío pero entre empujones a la bicicleta y «quemada de piernas» llegamos a la cumbre del Huascata.

Nos tumbamos a la sombra que nos proveían algunas enorme piedras y tras alguna buena rehidratación y consumo de algún bocado continuamos por el camino que la maquinaria había hecho. Estábamos muy confiados de estar en el valle de Lurín para un buen almuerzo cuando en ello… el camino se acabó.

Nos volvimos a sentar para, con cabeza fría, repensar que debíamos hacer. La idea sensata era dar media vuelta y retornar cuesta abajo por el camino que habíamos transitado. Pero tal como mencionamos párrafos atrás, éramos unos insensatos que se negaban a darse por vencidos.

«Ese camino debe continuar por algún lado», «No hemos venido aquí para nada», «Ya debe faltar poco», se oía en más de uno. Verificadas las intenciones, tomamos la bicicleta al hombro e invertimos la funcionalidad. Ahora, nosotros las transportaríamos a ellas en un inusual «ciclotrekking» que no sabíamos donde y cuando acabaría. Sólo el dispositivo GPS lo sabía y consultarlo a cada instante se convirtió en una pesadilla pues por más que pasaban las horas y los brazos desfallecían, nada avisoraba.

La Ruta de la Desolación
Sin camino, empezó el ciclotrekking
La Ruta de la Desolación
Cargar la bici por varios kilómetros te parte el hombro y espalda.

ABRAN PASO QUE VIENEN LOS JINETES DE METAL.

Luego de muchas horas de «ciclotrekking», llegamos a una especie de pampa que nos permitió montar nuestras bicis y emprender fugaz pedaleo hacia donde la brújula del GPS indicaba como un notable descenso. Sin querer, llegamos a una especie de «nudo montañoso» y solo metros más adelante una espectacular vista del valle de Lurín nos deleitó. «¡Mira desde aquí se ve el río!» expresamos contentos. Podíamos ver el pueblo de Chontay a lo lejos y la Quebrada de San Francisco. Y podíamos contemplar todo ello porque sin haberlo propuesto habíamos superado la cumbre del Yanacoto, el que podía visualizarse unos 300 metros abajo. Estábamos a más de 1600 metros de altitud.

En este nudo, observamos caminos de herradura y single tracks que invitaban hasta en 3 direcciones diferentes cuesta abajo, pero el crepúsculo cercano y la ausencia de luces (creímos volver en la tarde), nos devolvió la razón. Optamos por seguir pedaleando por el borde de la cadena montañosa en dirección a la zona conocida como California entre los límites de Chaclacayo y Chosica.

Aquí terminamos encontrando un camino de maquinaria pesada, muy parecido al que acompañó nuestro ascenso. Nos devolvío algo de ánimo, pero hicimos un alto cuando el sol se despedía en un espectáculo bellísimo, con las montañas de la cordillera occidental y el valle del río Rímac. Apenas teníamos agua y comida, el cansancio pesaba, pero la verdad, eso no importó. Ese cuadro natural merecía ser contemplado por mucho rato. Lo agradecimos. Sinceramente, nos sentimos bendecidos…

La Ruta de la Desolación

LA DESOLACIÓN NO ES MALA COMPAÑERA

Llegamos a la altura de California y procedimos a descender por un single track muy complicado de tierra suelta y grandes rocas. No había abismo al lado pero un mal movimiento te podía hacer jugar un mala pasada contra tales piedras. Al cabo de unos minutos la penumbra nos invadió totalmente y sin luces, tuvimos que descender y continuar a pie, usando el freno para que la gravedad no se atreviera a aumentar la velocidad.

Llegamos al poblado de la zona alta de California y ya con iluminación pública tomamos la pista que desemboca en el Puente Los Angeles. Ya en Carretera Central y siendo más de las siete de la noche buscamos desesperadamente un refugio para alimentarnos, pues no almorzamos y hace ya varias horas que tanto el agua como los comestibles se habían consumido en el fondo de nuestros estómagos.

Llegamos a la plaza de Chaclacayo y ante el único chifa abierto en la plaza, acometimos a ingresar raudamente. «Ya no hay atención», nos dijo una muchacha. «¡Por favor, véndenos cualquier cosa para comer!» «¿Cualquier cosa?» «¡Sí, cualquier cosa!». Compadecida, la muchacha nos dejó quedarnos y disfrutamos del chaufa, tallarín y wantán más deliciosos del universo.

Retornamos pedaleando vía Carretera Central y Ramiro Prialé, encantados y satisfechos de haber experimentado la desolación más placentera que las montañas del país reservan a los ciclistas de montaña…

VIDEO DE LA RUTA

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