DÍA DE LA MUJER: MÁS ALLÁ DEL SALUDO
Reflexión desde el paternalismo internalizado, la interseccionalidad y la afirmación femenina
Cada 8 de marzo, las redes sociales de todo tipo y los medios de comunicación se inundan de felicitaciones, emoticones, imágenes de flores y mensajes que exaltan a «la mujer» como una entidad abstracta y digna de admiración. Esto no es ajeno en el mundo del ciclismo y también podemos verlo traducido en imágenes de mujeres sonrientes sobre la bicicleta, acompañadas de hashtags como #MujeresEnBici, #EllasTambiénPedalean, #MujeresGuerreras, etc. Sin embargo, desde esta pequeña tribuna consideramos que haciendo ello, estaremos sumándonos a un saludo sin sustento. Y diremos por qué.
Convertir el Día Internacional de la Mujer en una oportunidad de felicitación no solo deja sin contenido la lucha histórica que representa, sino que perpetúa una forma sutil de paternalismo sobreviviente. Es un gesto de quien otorga valor a lo femenino desde una posición de poder, validando la presencia de la mujer en el ciclismo como si fuera una concesión o un fenómeno «exótico», digno de admirar por el solo hecho de ser mujer que pedalea, en lugar de reconocerlo como lo que es, una manifestación espontánea de agencia, fuerza y valor intrínseco. Beauvoir (1949) señaló claramente que «No se nace mujer: se llega a serlo». Esta construcción social es la que a menudo intenta ponerle un corsé constante a la mujer, y el ciclismo no escapa de ello. Pero, la bicicleta, por su naturaleza, siempre ha sido una herramienta de fuga de esos corsés.
El acto de montar en bicicleta es, en esencia, un acto de libertad. Requiere equilibrio, riesgo, fuerza y decisión. Para las mujeres, históricamente confinadas al ámbito privado y a la inmovilidad, la bicicleta fue a finales del siglo XIX, un vehículo de emancipación. Schultz (2018) cita a Susan Anthony, icónica activista por los derechos de las mujeres, expresando con claridad: «La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que ninguna otra cosa en el mundo». No era un halago, era una constatación de que la mujer, al pedalear, reclamaba su espacio en el mundo público por sí misma, sin necesidad de permiso de ningún varón, y sin la necesidad de que algún varón la felicite en su día por validarla.
Hoy, cuando vemos a una mujer ciclista llegar a la cima de una montaña, verla en una competencia, o simplemente usar la bici como medio de transporte en una ciudad hostil, no estamos asistiendo a un acto que necesite ser «valorado» por una mirada externa. Estamos presenciando la prueba más fehaciente de que el valor de la mujer es anterior a cualquier tipo de reconocimiento que se le quiera dar. No se le debe otorgar valor a la mujer porque pedalea, se constata únicamente que siempre han tenido el valor para hacerlo.
Sin embargo, y aquí es donde se quiere ampliar la mirada, sería un error hablar de «la mujer ciclista» como un bloque homogéneo. El ciclismo, como el feminismo, ha pecado a menudo de lo que Hooks (1984) denuncia como una perspectiva burguesa y blanca. La académica critica duramente la tendencia del feminismo hegemónico a ignorar las realidades de las mujeres de otras clases sociales y de color de piel. Estas luchas no son solo contra un patriarcado que margina, sino también contra el racismo y la explotación de clase, residente en los propios círculos femeninos ciclistas.
Recuerdo un episodio de hace algunos años en una competencia que como club organizamos. Una de las ciclistas participantes, de origen rural, decidió afrontar la competencia vestida con pollera. La crítica, la burla y el cuestionamiento de las mujeres espectadoras y de sus propias rivales no fue mínimo, simulando estas críticas en excusas de funcionalidad deportiva. Pero lo que no veían las demás mujeres en ese contexto, fue que su rival acudía a la inscripción de su propio cuerpo, con su marcador étnico, en un espacio que a todas luces obedece a una construcción cultural con su consecuente folio de normas de vestimenta . Lo que hacía la participante era utilizar su pollera como «territorio de resistencia frente al mestizaje homegeneizador» (Rivera, 2010).
Aplicar esta lupa al ciclismo nos obliga a preguntarnos: ¿De qué mujer hablamos cuando celebramos a las ciclistas? ¿Hablamos de la que puede permitirse una bicicleta de carbono de última generación, vestir prendas de alta gama y viajar al extranjero para competir? ¿O hablamos también de la mujer migrante, de clase social poco acomodada que utiliza la bicicleta para repartir comida o productos en las grandes ciudades, enfrentándose no solo al tráfico, sino a la precariedad laboral, el machismo y la xenofobia?
Lugones (2008), al utilizar el concepto de «sistema de género colonial/moderno» explica cómo la raza y el género están intrínsecamente entrelazados. La mujer de tez blanca o de clase media-alta que pedalea por ocio en un parque o distrito «amigable con las bicicletas», no vive la misma experiencia de ser una «mujer en bici» que una mujer indígena, mestiza o afrodescendiente en una zona rural o en un barrio periférico (mal llamados «coneros» de forma peyorativa). Para este último caso, la bicicleta puede ser una herramienta de supervivencia, y su lucha no es solo por el reconocimiento de «ser mujer», sino por el derecho a existir y moverse sin ser violentada ni explotada por factores que van más allá de su género, pues incluyen también su clase social y color de piel. Por este motivo, incidimos en que un 8 de marzo no puede limitarse a celebrar a las «mujeres que pedalean» dentro de una burbuja de privilegio. El 8 de marzo debe ser un llamado a ampliar la mirada, a reconocer que la marginación no solo machista, sino también feminista, opera de forma distinta según la clase y la raza de la mujer. Por ello, la lucha debe ser interseccional, evitando que las mujeres que quedan fuera de esa burbuja no queden en esas «grietas» (Crenshaw, 1989). En el ciclismo, especialmente en el ciclismo latino, estas grietas existen y son enormes.
Entonces y recalcando, el paternalismo contra el que alertamos al principio, se manifiesta cuando en fechas señaladas como el 8 de marzo, se «otorga» un valor a la mujer ciclista, pero se le exige que sea excepcional para merecerlo. Es la tendencia a aplaudir a la mujer que sube rápido el cerro o termina los 100K «a pesar de ser mujer», o a la que se atreve con el XCO (Cross Country Olímpico) o el DH (Downhill) «como si fuera un hombre». Esta dinámica no es un halago, es la más descarada de las trampas. Y muchas mujeres la aceptan, peor aún, la esperan en dicha fecha.
Bourdieu (1998) explica cómo el orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se fundamenta. Esta ratificación se da, a menudo, a través de lo que él llama «violencia simbólica», una violencia que se ejerce con la complicidad de quien la padece (en este caso la mujer), y que se internaliza como natural y correcta. Cuando citamos a la competidora rural, sus rivales, en sus críticas hacia ella, ya tenían esta internalización como la «única forma de vestirse para competir», sin dar cuenta de que el mundo del ciclismo ha impuesto esa estética siguiendo objetivos visuales y estéticos (el cuerpo y las formas de la mujer ciclista deben resaltar y verse bien). A la mujer que sigue estos preceptos se le felicita con mucha condescendencia, ejerciéndose una forma de violencia simbólica. Esto se traduce en «incluimos a la mujer, pero eso sí, desde una posición de superioridad que debe ser aprobada y que no cuestione el statu quo». El verdadero reconocimiento a la mujer no necesita una fecha marcada en el calendario. El verdadero reconocimiento es y debe ser estructural: igualdad, respeto y seguridad para pedalear sola a cualquier hora y en cualquier lugar.
Este 8 de marzo, desde nuestra postura, no queremos «felicitar» a las mujeres. Queremos, en cambio, invitarlas a ellas (y ellos) a una reflexión profunda. El Día Internacional de la Mujer no es una celebración, es un recordatorio de las que lucharon antes, de las que luchan ahora y de las deudas pendientes. En el ciclismo, la deuda pendiente es dejar de lado el paternalismo, es entender que la presencia de la mujer en los Tours, Desafíos, Competencias, Bicicletadas o Pelotones, no son una concesión, sino una realidad imparable que enriquece la sociedad civil desde su propia esencia. Es comprender, parafraseando a Davis (1981) que «cuando la mujer de color, la mujer latina, la mujer migrante, la mujer trabajadora, la mujer de la periferia se mueve, todo el ciclismo se mueve hacia algo más justo». Así que, más que un saludo, ofrecemos una invitación a desprendernos de ese halago fácil y a construir, juntas/os, un espacio sobre ruedas donde el valor no se otorgue, sino que se reconozca como inherente. Porque la mujer sobre la bicicleta no necesita un día para ser validada. Necesita todos los días para ser libre.
Carlos Caballero Montero
Referencias
- Beauvoir, S. de. (1949). El segundo sexo. Gallimard. Editorial Cátedra, 2017.
- Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Éditions du Seuil. Editorial Anagrama, 2000.
- Crenshaw, K. (1989). Desmarginalizar la intersección de Raza y Sexo: Una crítica desde el feminismo negro a la doctrina anti discriminación, la teoría feminista y las políticas anti racistas. Universidad de Chicago Legal Forum, 1989(1), 139-167.
- Davis, A. Y. (1981). Mujeres, Raza y Clase. Random House. Ediciones Akal, 2005.
- Hooks, b. (1984). Teoría Feminista: De los márgenes al centro. South End Press. Traficantes de Sueños, 2020.
- Lugones, M. (2008). Colonialidad y género. Tabula Rasa, (9), 73-101.
- Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón.
- Schultz, J. (2018). Women’s Sports: What Everyone Needs to Know. Oxford University Press.
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