El Camino Real del Chillón

Ese día hicimos un clásico recorrido a bordo de nuestras bicis con destino hacia Huarangal (Warankal), el último lugar cercano a Lima que poseía bosques de Huarango (Waranku), el mismo árbol que fue rebautizado como algarrobo por los españoles. Dimos luego el salto a las haciendas, especialmente Punchauca, pero a partir de ahí decidimos cambiar el retorno. No comentaremos de Huarangal ni de las haciendas puesto que lo hemos hecho en anteriores oportunidades. Eso sí, escribiremos de una ruta peculiar.

Habíamos recibido información de la existencia del Camino Inca que unía Pachacámac con los curacazgos del norte del país y que pasaba al lado del río Chillón según crónicas recopiladas por Rostworowsky. Durante la colonia, el camino fue aprovechado y pasó a llamarse Camino Real del Chillón, extendiéndose como antes, hasta Quivi (Quives) y Qanta (Canta). Curiosamente sigue manteniendo ese mismo nombre de «Camino Real» hasta por el propio Google Earth.

IMG_6378Desde Punchauca retornamos al puente Osoynik y es aquí donde cambia la ruta. Tradicionalmente se regresa por la margen izquierda del río, pero optamos por utilizar la margen derecha y verificar que ese camino de siglos aún permanece ahí. Y no nos equivocamos, nada más pedalear unos minutos y ya estábamos a punta de pedal en la ruta que fue testigo del paso de peregrinajes antiquísimos hacia el templo de Pachacámac, del séquito del Inca, de carretas coloniales, de la guardia del Virrey y de ejércitos libertadores.

El camino se muestra claro y evidente por largos tramos, así como perdido y pedregoso por momentos, pero está ahí, a la vista de todos, invitando a que lo recorran para evocar su anterior importancia. Lo que queda de él son aproximadamente diez kilómetros desde la altura de la hacienda Punchauca hasta la urbanización «La Esperanza», situada en el viejo «Fundo Gallinazo».

El recorrido fue ágil, continuo, con peculiares escenas: filtraciones del propio río, pequeños ranchos con caballos de paso y gallos de pelea, una singular «Yunza», montículos de piedras y tierra complicados de sortear, una camioneta tratando de «nadar» en el caudaloso río Chillón (locura del chofer que creyó que tenía un «Hot Wheels» de tamaño real); pero lo mejor (o peor) de todo: unos 26 perros de 20 kilos cada uno decididos a poner en práctica la efectividad de sus mandíbulas. Jamás habíamos visto tal sincronización en un ataque canino dentro de nuestro curriculum de rutas ciclistas. Daba la impresión de que los canes tenían Walkie-Talkies al notar nuestra cercanía. Salieron todos de un par de casas contiguas en feroz jauría, la que generó estupor en algunos de nuestros ciclistas. Felizmente, todo no pasó de un susto y de cambiar al plato grande en la bici para darle con todo en competencia por la sobrevivencia.

IMG_6373El final también tenía que ser meritorio: un suculento almuerzo en un restaurante cercano, tan bueno como la ruta. Lamentablemente, el aperitivo envió a nuestro ciclista Jorge, a que visite la clínica nuevamente debido a un cuadro reiterado de intoxicación. Bien, si no hubo caídas, no hubo ponchaduras, no hubo retrasos, no hubieron fallas mecánicas, algún tipo de tropiezo tenía que haber.

Ya pronto volveremos a seguir recopilando más y más rutas de Lima Norte, Centro y Sur…

Carlos Caballero Montero
Co-Fundador y Administrador ProBike