Menú Cerrar

Canta, Lachaqui y Santa Rosa de Quives

LAS PREVIAS DEL CANTA, LACHAQUI Y SANTA ROSA DE QUIVES.

Esta aventura llevada a cabo en la Semana Santa de 2010 nos brindó una experiencia y una beca a un super-mega-archi-full Curso de Logística en Equipamiento para Ciclismo de Montaña gracias a la ruta de Canta, Lachaqui y Santa Rosa de Quives

Motivados por la experiencia anterior del mes de marzo 2010 (Lea nuestra salida en Ruinas de Pueblo Viejo), decidimos junto con mi hermano Jorge, ir mucho más allá: visitar los andes en bicicleta. Con nuestros bici-tanques de fierro (pesaban como 20 kilos), emprendimos la travesía poniendo énfasis en este singular destino.

Nuestra idea fue tomar un bus hacia la cercana ciudad y desde ahí, comenzar un ascenso full pedal hasta el pueblo de Lachaqui, ubicado a 3 668 msnm. En lengua quechua, Lachaqui significa «pies fríos».

Los 23 kilómetros que separaban Canta de Lachaqui no se mostraban muy complicados, toda vez que ya habíamos agarrado buen ritmo y experiencia en las trepadas. Pensamos llegar a media tarde escalando a ritmo sosegado y descansar toda el resto del día y noche en Lachaqui para, a la mañana siguiente, iniciar un descenso maravilloso y fluído rumbo a Santa Rosa de Quives.

TODO ERA FELICIDAD.

Entrada al pueblo de Pariamarca, provincia de Canta.

Todo empezó bien. Partimos desde Lima en un cómodo bus de la empresa «Chaperito», el que abordamos desde el local de su agencia ubicada en la Av. Túpac Amaru, cerca al cruce con la Av. Habich. Nuestras bicis pudieron transportarse cómodamente.

Llegamos a la ciudad de Canta puntualmente, desayunamos de forma suculenta y tras un breve descanso (como aliviando estómago),  emprendimos la subida por la trocha que comunica con el pueblo de Pariamarca. Media hora de pedaleo y ya estábamos en el referido destino, a una altitud de 2 853 msnm. Tomamos las fotos de rigor y grabamos un video en la zona alta del pueblo, pues la vista era muy gratificante.

Canta
Ciudad de Canta
Pariamarca desde lo alto
Pariamarca desde lo alto

EL INICIO DEL TORMENTO.

Terminando de apreciar el verdor de las montañas, continuamos en dirección a Carhua.

Todo era dicha hasta ese momento, pero ni bien teníamos recorridos un par de kilómetros entre Pariamarca y Carhua, iniciaría lo que llamaríamos después como «Ruta del Tormento».

El Tata Inti (el Sol) nos abandonó intempestivamente y la temperatura disminuyó de manera perceptible. Del sol abrazador que había caracterizado nuestro periplo, pasamos a un entorno templado, con una neblina tupida ascendiendo desde el valle interandino, en una especie de efecto «enredadera», a través de la montaña. El paisaje ya no era enaltecedor, pues se convirtió en un hostil y helado cuadro de algún artista plástico deprimido.

A medida que seguíamos pedaleando y aumentaba la altitud, el cansancio se iba haciendo más notorio, pero sobretodo, el continuo descenso de la temperatura y la invasión de la neblina, fue lo que se constituyó en lo relevante.

Aún con algo de calor en el cuerpo debido a la actividad física, arribamos a Carhua con casi 7 grados celsius, momento en que advertimos el mayor error de nuestra aventura: no nos informamos acerca del clima.

Esa omisión nos iba a hacer pagar caro la osadía de no respetar la voluntad natural del Tata Inti y los apus de la región. De seguro habrán mencionado: «Este par de insolentes foráneos piensan que pueden venir como mejor les parece, sin rendir la pleitesía correspondiente. Apliquémosles una severa lección».

Y vaya que la lección fue costosa. Sin vestimenta apropiada, solo teníamos cobertura para situaciones propias de la costa.

Pueblo de Carhua. El frío, literalmente, nos abrazaba.

EL CALOR NOS ABANDONÓ.

No teníamos abrigo, ni una miserable chompa o casaca.  En esa época aún no considerábamos el uso de jerseys de ciclismo siquiera, tan solo ataviados con polos de algodón (lo peor para practicar deporte). Nuestra presencia al llegar a Carhua era tragicómica.

El frío se apoderaba de las calles del pueblo, con la neblina insistiendo en cubrir el horizonte y peor aún, a varios kilómetros de Lachaqui. El escenario nos empujó a decidir entre dos alternativas: O continuábamos subiendo hacia Lachaqui y suplicar que el clima mejore (cosa improbable en los andes y en el mes de marzo); o retornábamos a Canta en un estrepitoso descenso para buscar condiciones más favorables.

EL APU NO MUESTRA PIEDAD.

Estábamos dubitativos cuando súbitamente el Gran Apu decidió por nosotros: un trueno, el peor que hayamos escuchado. Lo sentimos como si estuviera a centímetros de distancia, cuál parlantes de 10 mil watts en cada uno de nuestros oídos.

Las primeras gotas de lo que segundos después se convertiría en una torrencial lluvia no nos dejó más alternativa que el retorno.

Emprendimos un atropellado descenso con un cada vez más impiadoso aguacero, protegidos únicamente por el reverendo polo de algodón y short veraniego. El agua caía como cascada desde nuestros cascos y en pocos minutos, hasta lo más «profundo y oculto» de nuestro ser se encontraba totalmente empapado.

La temperatura seguía descendiendo vertiginosamente, aunado por la gélida fricción del aire en el descenso. Esta sensación, es insoportable. Se te van congelando las manos, pasa a las muñecas, luego el antebrazo, brazo, hombros y todo el tronco.

La travesía se convirtió en un flagelo y por ratos sentíamos desfallecer. Nos llenaba de temor la idea de que algún relámpago «detectara» el metal de nuestras bicicletas y pretendiera «saludarnos» con una descarga de 40 mil voltios.

Por todo lo que el clima nos iba acribillando, una serie de síntomas se nos presentaron: líquido saliendo de nuestras narices, el incontrolable temblor de nuestro cuerpo (como si fuera Parkinson elevado a la enésima potencia) y un terrible balbuceo al hablar (no podíamos articular palabra). Eso solo podía ser una cosa: principios de hipotermia. Nos llenamos de pavor. De verdad creíamos que eso solo podía ocurrir en un entorno propio del ártico o antártico. A estas alturas ya preguntábamos: ¿A quién de los dos se le ocurriría realizar esta ruta de Canta, Lachaqui y Santa Rosa de Quives?

NOSOTROS, PECADORES...

Bien lo habíamos dicho, pagamos bien caro nuestro descuido en cuanto a informarnos del clima. El irrespeto involuntario ante la naturaleza fue contundente. No tuvo piedad sobre nosotros. Casi podíamos oir a los apus riéndose a carcajadas de dos ínfimos humanos, expulsados de esos dominios. No hubo foto, no hubo video de esta experiencia. ¿Quien sería el insensato que sintiéndose casi morir se detiene a documentarlo? Solo alguien que no aprecia su vida.

YA ENTENDIMOS... ¡PAREN POR FAVOR!

Llegamos a Canta luego del descenso más maldito e interminable por el que un ciclista de montaña pudiera pasar. Ni un solo poro de nuestra piel estaba seco.

Asaltamos el mercadillo local. Compramos chompas y pantalones de lana gruesa, gorros de lana, medias y guantes de lana. No compramos calzoncillos de lana porque ya no habían. Pienso que si vendían ovejas quizá también las hubiéramos comprado.

Tomamos por asalto un hotel e inmediatamente a la ducha con agua caliente. ¡Nada! Seguíamos tiritando y la sensación de que seguíamos en la lluvia. Continuaba el balbuceo y el descenso de líquido por nuestras narices.

Pasamos a abrigarnos con hasta 3 capas de vestidos de lana gruesa recién comprada. ¡Tampoco! El frío seguía ¿Pero que estaba pasando? ¿Era ésto una maldición? ¿Nos habían echado los apus algún hechizo para congelarnos la sangre y los órganos?

Sólo cuando optamos por una milagrosa sopa muy caliente terminó el tormento. La señora dueña del restaurante nos sirvió antes que inmediatamente. De repente ver dos pálidos suplicantes le ablandó el corazón y nos atendió antes que a los demás comensales. En nuestra desesperación olvidamos que la mejor manera de calentarse era por dentro. El suculento líquido, producto de esencia de carne y verduras penetró a nuestro estómago y paulatinamente, las cosas fueron volviendo a la normalidad. Nos pusimos a pensar en los sobrevivientes del Titanic que se aventaban por la borda, con el Atlántico a cinco grados bajo cero. Dimos gracias y poco faltó para componer una sinfonía beethoviana estilo «Oda e himno a la sopa canteña».

Gran castigo de los apus y la mejor lección en Logística de Equipamiento. Nunca más volveríamos a descuidar los detalles meteorológicos en una salida. ¡Que duros fueron con nosotros!

RETORNO A LA DICHA.

Plaza de Lachaqui
Plaza de Lachaqui
Iglesia de Arahuay
Iglesia de Arahuay

A la mañana siguiente, descansados y más amantes del calor que del frío, con la mente «bajoneada» y la cabeza gacha ante el sol y la montaña, decidimos retomar la ruta. Esta vez, con la confianza renovada y el respeto a la naturaleza castigadora, tomamos un transporte hasta Lachaqui con el fin de recuperar el tiempo perdido. Aunque, valgan verdades, fue por no arriesgarse a pasar por lo mismo que lo del día anterior.

Ahora sí, pudimos iniciar uno de los más hermosos descensos que hay en la sierra de Lima. Una serpenteante trocha que tiene a mitad de camino una quebrada honda se constituyeron en lo más maravilloso de la ruta. Arroyos, verdor por doquier, aire fresco, olor a tierra húmeda y la ausencia total de ruido no natural es una dicha.

No nos equivocamos al atrevernos a ir a esos parajes. Sentimos que los espíritus de las montañas nos decían: «Pues bien, ya pueden pasar. No osen llegar con la soberbia acometida, citadinos insolentes. A nosotros nos respetan o los hacemos respetar…»

Luego de kilómetros de medios naturales y bajadas serpenteantes interminables, llegamos al pueblo de Arahuay (2 502 msnm). En este pueblo el sol ya calentaba nuestros cuerpos por lo que aligeramos la vestimenta. Nos apertrechamos de rehidratantes y comestibles para el camino y continuamos el descenso atravesando otros pueblos.

GALERÍA DE IMÁGENES CANTA, LACHAQUI Y SANTA ROSA DE QUIVES.

LA MEJOR LECCIÓN.

Collo (2 121 msnm) fue el próximo destino. Este pueblo posee una particular pintura en la fachada de su iglesia. Muestra a un ángel pisoteando a un soldado español de la conquista, como una expresión curiosa de rebeldía indígena.

Kilómetros más abajo nos recibió la localidad de Licahuasi (1 692 msnm), donde una reunión comunal, al vernos aparecer nos preguntó de dónde veníamos. Contamos nuestra travesía y admirados por el relato, nos invitaron a almorzar y beber. Agradecimos el noble gesto y continuamos para finalmente llegar a Santa Rosa de Quives (Quivi – 1 183 msnm).

De aquí en adelante nada se comparaba a lo hasta hace poco visto y vivido. La real aventura terminaba en Quives, por lo que ya no es de interés el comentar los kilómetros siguientes, salvo el incruste de algunos dientes de la catalina de la bicicleta de mi hermano en un pequeño accidente, dejando una huella imborrable en mi pierna izquierda, cual herida de guerra de todo ciclista de montaña.

Y así, al término de esta ruta, llegamos a casa con un manual de equipamiento logístico y una afición a la meteorología previo a cada salida. Ello quedó insertado en el ADN ciclista para siempre.

Carlos Caballero Montero.
Co-Fundador de ProBike Perú.

Visita nuestro Fan Page

Publicado en Rutas

5 comentarios

  1. Manolo

    Me pareció interesante tu aventura en bicla, es una manera de hacer deporte de aventura,me recuerda algo que me pasó hace años pero no ten dramático como lo ocurrido a ti. Pero son bonitos recuerdos de juventud.

  2. Zelmira

    Esa ruta es hermosa. Nos atrevimos a hacerla con mi esposo en nuestra camioneta 4×2 y fue brutal por partes porque es una bajada horrible, puro barro en tiempo de lluvia y piedras grandes en el camino, en febrero del 2019. Pero, vale la pena ver todo lo que ofrece la ruta, las chacras de coliflor, paltas y otros … también fue una gran aventura con amenaza de lluvis desde Obrajillo a Lachaqui y todo hasta abajoooo.

  3. Zelmira

    Esa ruta es hermosa. Nos atrevimos a hacerla con mi esposo en nuestra camioneta 4×2 y fue brutal por partes porque es una bajada horrible, puro barro en tiempo de lluvia y piedras grandes en el camino, en febrero del 2019. Pero, vale la pena ver todo lo que ofrece la ruta, las chacras de coliflor, paltas y otros … también fue una gran aventura con amenaza de lluvia desde Obrajillo a Lachaqui y todo hasta abajoooo.

  4. Pingback:La Ruta de los Antiguos Guerreros Qolli - ProBike Perú

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *